jueves

La Gotera

Se despertó sobresaltado, arrugó la frente y se la palpó, notándola insólitamente húmeda. Atribuyó este hecho a alguna pesadilla angustiosa, o a un sueño de otra índole, que le hubiese provocado una reacción sudorosa. Fue entonces, mientras divagaba en pensamientos aún mezclados con el sueño, cuando notó cómo una gota de agua rebotaba sobre el revés de su mano, que achicaba todavía el agua de su cabeza.

Durante varios segundos, que empleó principalmente en conjeturar, su frente acogió, inmóvil, un sinfín de gotas más. Por la verticalidad de su caída y el ritmo en que se desprendían del techo, dedujo que todas ellas respondían a un mismo motivo: una gotera. Y se mosqueó.

Se incorporó con desgana, descargando todo el líquido sobre la almohada, que acto seguido arrojó al suelo. Corrió hacia la cocina en busca de un cubo, o cualquier recipiente cóncavo capaz de resistir la gotera durante el tiempo que tardase en llegar un fontanero. Cogió una cacerola de dimensiones no desdeñables. Giró sobre sus pasos e inició una rápida carrera de vuelta a la zona afectada, hasta que advirtió que el pasillo estaba salpicado por pequeñísimos charcos en fila india, separados cada uno de ellos por la misma distancia, y que seguían el recorrido que él había descrito para llegar a la cocina. Se detuvo durante un momento para reparar en el curioso fenómeno hasta que notó un golpecillo húmedo en su cabeza.

Miró hacia arriba, y antes de parpadear, recibió una nueva gota en su frente. Considerablemente irritado, depositó la cacerola bajo la recién descubierta gotera, y maldijo a los vecinos de arriba.

Reinició la carrera, regresando a la cocina a por una olla para contener la gotera que caía sobre la cama. Incomprensiblemente, las sábanas estaban secas, ni una sola gota se había desplomado sobre ellas durante el tiempo en que tardó en coger la olla. Otra vez, detenido buscando explicación, recibió otra breve tropa de partículas de agua suicidas que se arrojaban valientes desde el techo para morir en su cabeza.

Intentó buscar un ente divino o tal vez uno gubernamental sober el que descargar su ira, pero ninguna forma encontró de mitigar su indignación.

La cacerola del pasillo estaba vacía, no había rastro de charco alguno, ni de salpicaduras. Sólo cuando se asomó a la pota pudo notar de nuevo el fatídico impacto de una gota.

Se sentó en su sillón con el fin de relajarse, pero la gotera volvía a irrumpir aligerado su carga sobre su calva desnuda. Se puso unos zapatos y salió a la calle maldiciendo a gritos. Pero allá a donde iba le seguía una estrecha lluvia que descansaba, únicamente, sobre su cabeza.

Tomó la determinación de intentar a aprender a convivir con la gotera, pero le era demasiado antipática. Asumió que en ese estado, estaba abocado a la locura, y que el hecho de asumirlo ya era un signo de cierto trastorno mental. Decidió dedicarse a la pesca de riesgo, tripuló un pequeño pesquero que faenaba en días de tormenta, y se fue a vivir al norte con la esperanza de que siempre lloviese.

Fue feliz, Dios sabe que lo fue, pero la gotera no lo ha abandonado todavía. Su ataúd se sustituyó por uno fabricado en plástico, y cabe decir que en su nicho florecen plantas de belleza insuperable, regadas eternamente por una gotera maldita.

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